domingo, 3 de julio de 2016

Fragmentos (Relato)

Podría comenzar este relato como lo hacen las historias que acaban tan bien como empiezan, pero lo haré de la manera en la que lo hacen los poetas. Algunos de golpe, como si tuvieran prisa por llegar al final. Otros escriben diez versos para expresar lo que sienten y aún se les queda corto. El resto ni siquiera escriben, porque prefieren esperar a que alguien escriba sobre lo que nadie dice.

Nunca sabrás como acaba hasta terminar de recitar la última palabra, porque el poeta te engaña, te seduce y te asesina al principio de la primera estrofa sin que te enteres.

Ahí está la magia.


Me gustaría hablaros de un joven que quería dedicar el resto de su vida a escribir, pero que jamás lo intentó por miedo a fracasar. Quería dar su alma en cada sílaba y volver a sentir los latidos de su corazón en cada coma, sintiéndose vivo en cada punto y coma, muriendo en cada punto: así que iniciaré este relato cuando por fin se animó a hacerlo. ¿Y qué hay mejor que escribir sobre algo para liberarte de ello? Probablemente no exista nada, pero a veces es necesaria una chispa de inspiración para conseguirlo.

Como escribió alguien del cual encontré un libro cuando solo buscaba una canción: «“Yo no busco, encuentro” dicen que dijo Picasso. Y tenía razón. Quien busca arte, raras veces encuentra nada.»
Y fue por esa reflexión que nuestro protagonista se sentó en un banco y esperó a que las palabras salieran de su boca, sin darse cuenta de que su musa se encontraba a la vuelta de la esquina.


Aquel día había amanecido más cansado de lo que ya estaba la noche anterior. Se sentó en la cama y pensó en un buen comienzo para su historia. Frustrado tras no haberse podido concentrar en sus pensamientos, se levantó y caminó por la habitación con la intención de que alguna idea inesperada se manifestase en su mente, pero no hubo resultado alguno. Se comió tanto la cabeza que se olvidó del sabor que se le quedaba en los labios al pronunciar una sílaba, el sabor a nostalgia de sentir que no puedes decir nada mejor. Nada que sobrepase tus límites.

A menudo leía una frase que decía: “Las personas son como los pájaros. De pequeños tienen miedo a volar por temor a caer, al igual que nosotros tenemos miedo a intentarlo por temor a fallar”. De igual manera, ¿qué es la vida sin miedo? Una montaña rusa sin emociones. Y él definitivamente tenía demasiadas, pero jamás las había experimentado.

Lloró y lloró por la impotencia y la rabia que le producía sentir que podía, pero alguna extraña sensación se lo impedía.

Comió bien durante el almuerzo y luego volvió a meterse entre las sábanas para cerrar los ojos y evadirse de lo que le rodeaba. Sonrió al conseguir encontrarse frente a una pared blanca y comenzó a colocar con los dedos a los monstruos imaginarios que salían de su propio cuerpo expulsados a presión. Observaba cómo se quedaban colgados del techo y comprendió que el buen escritor espera a que las palabras acudan a él, porque cuando más las buscaba más huían de su persona. No les gusta ser utilizadas, son adictas a aparecer cuando menos te lo esperas: transformadas en imágenes, al contrario y no teniendo sentido alguno hasta que las unes con la idea que te llevaba nublando la vista tanto tiempo pero que no habías sido capaz de redactar.

Es mejor morir en el intento que quedarse con la angustia de saber qué hubiera sucedido si lo hubieras intentado.

Abrió los ojos de golpe y se levantó de la cama en un parpadeo. Tomó asiento en la silla de su escritorio y llenó las páginas de su cuaderno con fragmentos vacíos. Las arrancó y las tiró a la basura, dejando al cuaderno desnudo.

Desde aquel momento decidió que no le robaría más tiempo al tiempo, así que salió a la avenida y dejó que su cuerpo descansara sobre un banco de madera. Acarició la superficie y escuchó un ruido que provenía de la esquina, construyendo su voluntad para ser capaz de incorporarse.

Se acercó y compartiendo unas palabras con el ser que se encontraba al otro lado de la calle, quiso huir a su habitación para escribir.

Su musa era la muerte y quería librarse de ella, pero era demasiado tarde.

Ya estaba muerto.