sábado, 2 de mayo de 2015

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No te puedes hacer una idea de lo jodidamente brillante que estaba el cielo ayer.
Con sus veinte estrellas por metro cuadrado, y la luna envuelta en ellas.
Me estaba sonriendo, te lo estoy jurando.
Y me miraba de una manera que hacía que mi cuerpo se estremeciera de pies a cabeza.
Y no veas como hablaba.
No se callaba.
Y le conté nuestra historia, esa que suelo redactar a las dos de la madrugada,
cuando ya tu alma ha decidido irse a descansar.
Y no sé que horas serán
pero sé que el cielo no volverá a brillar como el día de ayer.
Y no veas como esperaba a que le mirases
pero nunca más te vio asomarte a la ventana,
ni mucho menos subirte al tejado para cantarle.
Y no veas como las estrellas lloraban
esperando un regreso que nunca volvería a suceder.
Y no veas lo que me está costando escribir esto
porque ayer grité con ellas como si me hubieran robado la razón por la cual sigo viva
y no tuvieran intención de devolverla.
Y a pesar de todavía no encontrarla, sigo escribiéndote porque la voz no me permite decirte lo mucho que te quiero y he querido siempre.

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